FUI AVERGONZADA

Sea mi corazón íntegro en tus estatutos, para que no sea yo avergonzado. (Salmos 119:80)

Quiero contarles una anécdota que me sucedió en cierta ocasión, después de haber barrido las escaleras del pequeño apartamento donde vivía:

Después de haber barrido y limpiado con esmero, coloqué cada utensilio de limpieza en su lugar. Me aseguré de que el interior del apartamento también estuviera limpio, y me dije a mi misma: ¡Buen trabajo!

Seguidamente, al detenerme en las escaleras a contemplar la limpieza, observo que una hoja había caído. ¡Y obviamente esa hoja no provenía de nosotros, sino del vecino! Pues, ni corta ni perezosa, arrojé la hoja hacía donde había venido. Pero más me tardé en arrojarla, que en ser redargüida por el Espíritu Santo. ¡Me sentí realmente avergonzada! Así que, quise zambullirme en el patio de mi vecino para recoger la hoja que yo había tirado, pero ya era demasiado tarde. La pared de separación me lo impedía.

A usted que lee esta anécdota quizás le parezca algo trivial o ridículo que yo la esté contando como algo relevante. Pero aún no he terminado. Por favor, déjeme decirle algo más:

Cuando una persona actúa guiada por sus instintos; en defensa de su orgullo, ira, envidia, egoísmo, y otros actos pecaminosos,  lo menos que le podría suceder es que sea avergonzada. Pues, si no lo hace el Señor, otros lo harán. Yo prefiero ser castigada por Dios que por los hombres.

Cuenta la historia bíblica que, en una ocasión, satanás incitó al rey David para que hiciera un censo en Israel. Así que el rey ordenó a los comandantes de su ejército diciendo:

—Vayan y levanten un censo de Israel, desde Berseba hasta Dan, y tráiganme un informe para que yo sepa cuánta gente hay.

Pero Dios se molestó con esa orden del rey, y por eso castigó a Israel.

David le dijo a Dios: «¡He cometido un gran pecado! He sido un tonto, te ruego me perdones». Entonces el SEÑOR le habló a Gad, profeta de David: «Ve y dile a David que el SEÑOR dice: “Escoge entre estos tres castigos. ¿Cuál prefieres?”».

Gad fue a ver a David y le dijo:

—El SEÑOR me envió para decirte que escojas entre estos tres castigos: tres años de hambre, tres meses huyendo derrotado por el ataque de tus enemigos, o tres días con el castigo del SEÑOR, es decir, pestes por todas partes y el ángel del SEÑOR destruyendo gente por todo el territorio de Israel. Piénsalo, escoge y dímelo para que yo se lo comunique al Señor que me envió.

Entonces David le dijo a Gad:

—¡Estoy en un verdadero aprieto! Pero es mejor que mi castigo nos venga del SEÑOR y no de seres humanos, pues la misericordia del SEÑOR es grande. (1 Crónicas 21:1-13)

Cuando la Palabra de Dios es atesorada en nuestro corazón, no hay manera de ser indiferentes a sus correcciones. El procurar guardar (Cumplir, obedecer) lo que Dios demanda, es el único camino para poder conocerle y seguir su ejemplo. Es también la manera en que podemos llegar a ser íntegros.

Dios es recto en todo. Nosotros también debemos serlo. Y si permitimos que su Palabra cumpla su propósito en nosotros: Nos hable, nos redarguya, nos enseñe…  Ella hará el cambio que necesitamos para vivir la vida que a Dios le agrada: Una vida de integridad.

Andando en integridad recibiremos de Dios la recompensa. Él no nos dejará en vergüenza. Y aunque tengamos que atravesar por momentos difíciles, nos amparará la Palabra de su promesa que ha sido grabada en nuestros corazones.

Que no desmaye mi esperanza en el Señor,

Para obedecer lo que dice su santa Palabra.

Que mi corazón no actúe solo por emoción,

Que Dios no tenga que llamarme la atención,

Por retener una actitud egoísta u obstinada.

 

Quiero que se alegre diciéndome con amor:

Estoy agradado contigo hija, ¡Mi hija amada!

Por eso yo quiero tener un nuevo corazón,

Para que nunca jamás sea yo avergonzada.