MI GOZO Y LA DELICIA DE MI CORAZÓN

Cuando descubrí tus palabras las devoré; son mi gozo y la delicia de mi corazón, porque yo llevo tu nombre,

oh Señor Dios de los Ejércitos Celestiales. (Jeremías 15:16)

Estaba pasando por tan grande aflicción que dije: —¡Qué aflicción tengo, madre mía! ¡Oh, si hubiera muerto al nacer! En todas partes me odian. No soy un acreedor que pretende cobrar ni un deudor que se niega a pagar; aun así todos me maldicen. (Jeremías 15:10)

Estas palabras pronunciadas por el profeta jeremías hacen eco en el corazón de toda persona sensible. Y por lo cual nos preguntaríamos: ¿Por qué el profeta está en esta situación? ¿Por qué se expresa de esa manera?

Leamos a continuación la respuesta de Dios ante semejante lamento:

—Yo cuidaré de ti, Jeremías; tus enemigos te pedirán que ruegues a su favor en tiempos de aflicción y angustia. (Jeremías 15:11)

Aquí está una de las razones del porqué Jeremías sufría. Esto habla en alta voz a quienes hemos pasado por aflicciones. ¡Claro que cuando estamos en esa estación de la vida, lo menos que pensamos es si hay un propósito alto y noble de parte de Dios! Pero justamente al leer Jeremías 15:11 comprendemos que la aflicción, entre otras cosas, tiene el poder de purificar nuestro corazón y de convertirnos en intercesores efectivos. Aprendemos a colocarnos "en los zapatos de otros"

Afortunadamente, en medio del dolor y el sufrimiento, había una fuente de gozo y de alegría para el profeta Jeremías. Veamos cuál era esa fuente.

Cuando descubrí tus palabras las devoré; son mi gozo y la delicia de mi corazón, porque yo llevo tu nombre, oh Señor Dios de los Ejércitos Celestiales. (Jeremías 15:16)

A ninguna persona que no haya descubierto el poder de la palabra de Dios, le escucharíamos hacer este tipo de declaración. Lo más común en medio de la aflicción es buscar ayuda de los terapeutas y de los psicólogos. También acuden al escapismo a través de los viajes de placer, o acuden a otras alternativas efímeras tratando de aliviar su dolor. ¡Pero no hizo así Jeremías! De él recibimos un ejemplo inspirador para exaltar a Dios en medio de las pruebas, en el quebranto o en medio de cualquier aflicción.

El profeta Jeremías tenía encarnado en su corazón el amor por su pueblo. No obstante, ese pueblo, el pueblo escogido por Dios, abandonaba a Dios y le daba la espalda una y otra vez. Fue así que decidió destruirlo porque habían rehusado apartarse de sus malos caminos. Esta decisión le produjo gran dolor a Jeremías.

Cuando buscamos la Palabra de Dios con sumo interés, nuestro corazón se regocija y se produce abundante fruto. El fruto del gozo lo produce el Espíritu Santo cuando nos hacemos sensibles a su voz. Cuando estamos prestos a oír. De ahí que debemos ser prontos para oír, tardos para hablar y tardos para airarnos. (Santiago 1:19)

“Comamos” la Palabra de Dios con apetito espiritual. Deleitémonos en ella y experimentaremos el verdadero gozo.

Señor, a enseñar me has llamado,

A hablar lo que tú has declarado.

A ser próspera con toda garantía,

Si medito en tu palabra noche y día.

 

Señor, sea sensible mi corazón y mis oídos,

Para oírte y buscarte siempre con gran avidez.

Vivir sin entender tu palabra no tiene sentido,

Dame pasión para escudriñarla una y otra vez.

 

Sea tu palabra para mí como la miel,

Cuando a mi boca llegue para hablarla.

Que permanezca y brote a flor de piel,

Hasta que alimente el espíritu y el alma.

 

¡Oh Señor! Que tu Palabra quiera comer,

Que diligentemente de ti anhele beber.

No quiero que sea indiferente mi vida,

Sino que ante ti se postre y rendida,

Pueda recibir con gozo tu Palabra fiel.