VIVIENDO EN UNA HABITACIÓN DE BARRO

Cuando Dios nos dio la buena noticia, puso, por así decirlo, un tesoro en una frágil vasija de barro.

Así, cuando anunciamos la buena noticia, la gente sabe que el poder de ese mensaje viene de Dios y no de nosotros, que somos tan frágiles como el barro. (2 Corintios 4:7)

Una de mis reflexiones más visitada lleva como título “Mi casa de barro”.  Es una historia en la cual narro vivencias de mi primera infancia. Hoy, pues, les hablaré de otro lugar donde fui a vivir con mis dos pequeños hijos, siendo ya una mujer adulta: ¡Otra casa de barro! Pero esta vez el espacio fue más reducido. Era solo una habitación.

Es el principio del año 1990, un poco antes de cumplir 25 años de edad. Habían trascurrido solo cuatro años de vida matrimonial cuando mi esposo decide abandonarme y abandonar a sus dos pequeños hijos para irse a convivir con otra mujer. 

Salimos de la ciudad capital y nos instalamos en un pequeño pueblo. En una habitación de barro dividida por la mitad. Una mitad era el lugar de almacenamiento de cervezas de un tío dueño de un billar. En la otra mitad colocamos las camas de mis niños y la mía. colocamos también la nevera, la estufa, el ventilador y un armario.

¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué ha sucedido todo esto? ¡Soy culpable! ¡No, él es el culpable y la mujer que se atravesó en el camino! ¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Qué será de mi vida y la de mis hijos?

Esas y muchas otras preguntas golpeaban mi mente. Me encontraba en un mundo desconocido que no sabía cómo enfrentarlo. ¡Pero no solo yo! Aquí se trataba de dos niños muy pequeños aislados del amor y la protección de su padre.

Los días iban transcurriendo sin sentido para mí. Me hundía en el desespero y en una depresión progresiva acompañada de odio, amargura, resentimiento, ira, enojo, impotencia, entre muchos sentimientos opresivos. Estaba perdiendo la razón. No quería alimentarme ni tomar cuidado de mi misma.

Los días no tenían color. Me levantaba cada mañana sin un propósito para vivir. En mi desesperación acudí a consejeros molestos como los llamó el patriarca Job. Son esas personas que en vez de darte aliento y esperanza te hunden más y más en el pozo de la desesperación, en el lodo cenagoso.

¡Transcurrían días eternos! Eran mis lágrimas mi pan de día y de noche. Mi alma desfallecía de dolor. No encontraba salida a mi situación; porque además del dolor ocasionado por el abandono de mi esposo, había otro dolor arrinconado en alguna parte de mi corazón: el abandono de mi padre.

Tal vez tú no hayas sufrido abandono, dolor o rechazo con la misma intensidad. Pero estoy segura de que toda persona en una u otra medida ha tenido que enfrentarlos, en razón de que todos tenemos una humanidad débil, frágil y vulnerable.

Yo no podría describir cada detalle de lo vivido durante ese periodo de tiempo, pues, hay razones de peso que me direccionan hacia otro lado. ¿Cuál es ese otro lado?

Cansada, agotada y con pocas fuerzas, le dije a mi madre que me indicara dónde había una iglesia cristiana. Después de ser orientada, tomé a mis dos hijos de las manos y caminamos hacia ese lugar. Era una iglesia en casa. Los hermanos allí congregados eras pocos quizás. No recuerdo bien. Sí recuerdo muy bien a la joven Margarita Marulanda quien me asistió en consejería privada y días más tarde se fue a vivir a mi habitación de barro para enseñarme la palabra de Dios. Para ministrar mi vida y tomar cuidado de mis dos pequeños hijos. Hoy le doy el reconocimiento y las gracias por el esfuerzo y paciencia que tuvo con nosotros. Honro a mi madre quien se esmeró agnegadamente. Agradezco también a mi padre y a todas aquellas personas que nos ayudaron durante el proceso.

¡Qué causalidad dirán algunos! ¡Qué casualidad que hayas comenzado tus primeros años de vida en una casa de barro, y siendo adulta también hayas iniciado tu vida cristiana en una habitación de barro!

La palabra de Dios dice que tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros. Y cuando dice “este tesoro” hace referencia a la palabra que ha salido de su boca. Así que vivir en una casa de barro de vez en cuando, nos recuerda la fragilidad de nuestra naturaleza humana. Nos ayuda a tener presente que barro somos, y que necesitamos depender de aquel que del barro nos ha formado.

Amigo lector que has leído esta breve reflexión,

En cortas palabras he descrito parte de mi vida.

Oro que puedas ver lo relevante en esta situación.

Y que conozcas al Dios que levanta de la depresión,

Quien me sacó del lodo cenagoso cuando estaba perdida.

 

Lo que viví en ese tiempo no es ahora comparable,

Pues la bendición del tiempo presente todo lo supera.

Y aún mayor será lo que he de vivir en lo perdurable,

Será una eterna gloria futura mayor que la primera.

 

¡Que tuve que sufrir y comer pan de dolores es verdad!

Me estaba enloqueciendo debido a la angustia intensa.

Todo es cierto, no hay contradicción ni ninguna falsedad,

Pero mi historia produce a otros una bendición inmensa.

 

Yo solo pude encontrar la paz y el gozo en Cristo Jesús,

Después de intentarlo por diferentes medios equivocados.

Pero aquel día en que decidí acercarme a esa bendita cruz,

Conocí el perdón por medio de la sangre del Cristo resucitado.

 

Me dio esperanza y vida eterna. Me dio luz en la oscuridad,

La derrota cambió en victoria. Cambió la tristeza en alegría,

El temor fue quitado y me mostró cómo vivir en seguridad,

¡Bendita casita de barro donde se cambió la noche en día!