CENA PARA DOS

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. (Apocalipsis 3:20)

En muchas ocasiones hemos leído este texto bíblico donde el Señor Jesús hace una invitación a cenar, y hemos también entendido que esta cena es sin lugar a dudas el mejor manjar.

Jesús no ofrece una comida perecedera que dura solo unas pocas horas. ¡Claro que no! El alimento que Jesús nos ofrece de principio a fin es su palabra eterna e infalible. ¡Se ofrece él mismo! Pues, en varias ocasiones y de muchas maneras lo dice. (Juan 6:51)

Nótese bien que en todo el versículo Jesús se dirige a nosotros de manera individual: “Si alguno oye mi voz y abre la puerta” “Yo entraré a él”... Jesús no está enviando recados con terceros ni enviando mensajes de textos masivos. Sino que ha decidido presentarse a cada uno en particular. Eso mismo está haciendo en este momento en usted estimado amigo y hermano.

El mensaje de Apocalipsis 3 desde el verso 14 fue enviado originalmente a la iglesia de Laodicea cuando la llamó al arrepentimiento. No obstante, necesitamos aplicar el texto a nuestra propia vida, de otro modo seriamos semejantes a los Laodicenses: Vacilantes. Tibios. Orgullosos. Jactanciosos. Pobres. Ciegos. Desnudos...

El versículo es para mí  también un llamado interno al corazón, desde donde clamo a Jesús que entre a morar en todas “las habitaciones de mi casa”. Porque necesito que mis ojos espirituales sean abiertos. Necesito que mi corazón sea iluminado con la sabiduría divina. Necesito ser santa como Dios es santo. Necesito de manera legítima permitirle a Jesús entrar y tomar posesión permanente de todo mi ser.

Vísteme con tus vestiduras de santidad,

Unge mis ojos con colirio para poder ver.

Para ser consciente y pueda así entender,

Que obedecerte es la clave de mi felicidad

 

Señor, por favor no calles, sigue llamando,

Quiero oír esa suave voz que anhelo tanto.

Pero si fuere necesario háblame ¡Muy alto!

¡Oh ven Señor Jesús, te estoy esperando!

 

Tú mismo preparas la mesa en que hemos de cenar,

Solamente me quieres dispuesta para poder entrar.

¡Qué privilegio que juntos comamos! Aquí estoy Señor,

Tu palabra es mi delicia, comerla es para mí un honor.

 

El cerrarte la puerta sería la causa de mi sufrir,

Que permanezca abierta y que nunca se cerrare.

Eso pido hoy en oración y ruego a ti ¡Oh Padre!

Que en tu dulce presencia quiera yo siempre vivir.