SE ROMPIÓ EL LAZO

Nuestra alma escapó cual ave del lazo de los cazadores; Se rompió el lazo, y escapamos nosotros. (Salmos 124:7)

Escuchaba una transmisión donde se compartía con la audiencia un tema muy actual titulado “Se rompió el lazo”.

Yo estuve atenta durante todo el programa, a la vez que leía cómo las persona confesaban con vehemencia ¡Se rompió el lazo!

Hubo un momento en que me uní a esas voces con la convicción de que Dios estaba de acuerdo. Y creo que no hay nada mejor para ver cumplida su justicia que declarar en la tierra lo que Él ha dicho en los cielos.

De hecho, nosotros tenemos promesas que aún no han sido cumplidas ni reveladas a nuestro corazón, sea porque no las conocemos o porque no las creemos. Por tanto, cada vez que declaremos la palabra de Dios, estemos seguros de su poder eficaz. Estemos seguros de que Dios ha puesto su firma y así se hará; pues, Jesús dijo que, ciertamente cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho (Marcos 11:23)

Por tanto, nuestras declaraciones son decretos divinos de autoridad y fe sobre los cuales veremos el cumplimiento de la voluntad del Dios todopoderoso.

El tema de la transmisión hacía referencia a algo que nadie se pudo haber imaginado: Una plaga mortal que invadió con pánico no solo el cuerpo, sino la mente del ser humano.

Algo parecido sucedió en Egipto hace miles de años, cuando los hijos de Israel habitaban en ese país como esclavos. Solo que, a diferencia de los libres, los Israelitas fueron preservados de la muerte gracias al poder de la sangre de un cordero. Cordero que más tarde fue sustituido por un hombre intachable, santo puro y sin macha, quien pudo satisfacer la demanda del Padre Celestial al ofrecerse en sacrificio por los pecadores.

Hoy gracias a la sangre de Jesucristo el Hijo de Dios tenemos salvación y vida eterna. Así nuestra alma ha escapado cual ave del lazo de los cazadores. 

Así que si habitamos al abrigo del Altísimo,

Moraremos bajo la sombra del Omnipotente.

Digamos: Esperanza y castillo mío Dios excelentísimo,

Tú eres nuestro Dios en quien confiaremos siempre.

 

El Señor del lazo del cazador nos librará,

Dios nos librará de la peste destructora.

Con sus plumas como abrigo nos cubrirá,

Bajo sus alas estamos seguros a toda hora.

 

Dios nos salvará de los peligros escondidos,

Y de las enfermedades peligrosas también.

Debajo de sus alas nos dará refugio y abrigo,

Que son cual escudo que nadie puede romper.

 

Por peligros en la noche no seremos atemorizados,

Ni por flechas que lance el enemigo durante el día.

Tampoco por alguna plaga seremos amedrentados,

Ni por el destructor aunque se disfrace con hipocresía.